El reencuentro con un padre ausente

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Cuando, debido a una separación, abandono u otra razón, los padres se distancian de sus hijos, el reencuentro es dominado por sentimientos encontrados: desde emoción y felicidad, hasta rencor o rabia.

La relación de un padre ausente con su hijo puede reducirse a llamadas esporádicas, visitas aún más aisladas o unas cuantas frases en una tarjeta para el cumpleaños o navidad. Al crecer, muchas personas sienten la necesidad de volver a ver a su progenitor, ya sea para obtener respuestas, cerrar heridas o reconstruir la relación.

Pero el camino a la recuperación del vínculo no está exento de dolores. La verdad duele en ocasiones. Además, esta búsqueda paterna también implica reencontrarse con uno mismo, con la propia identidad e historia.

Diversas perspectivas

No es lo mismo lidiar con la ausencia de un papá cuando se es pequeño que cuando se ha llegado a la adolescencia. Al crecer, las cosas pendientes comienzan a hacer mella en la joven mente.

Surgen las clásicas preguntas: “¿Por qué se fue?”, “¿Acaso no nos quería?”, “¿Por qué no se esforzó por mí?”.

Sumado a eso, tal vez la madre no coopere en formar una sana imagen del padre. Con comentarios negativos, reproches o amenazas, el lazo se rompe aún más.

Promesas sin cumplir

Tras una separación, el padre promete venir seguido a ver a sus retoños, pero la realidad es distinta a veces. Y si pasan semanas, meses o hasta años sin aparecer, entonces la figura paterna va desvaneciéndose, dando paso al resentimiento o los sentimientos de abandono.

Es muy triste para un niño esperar a su papá en los momentos importantes de su vida, como un evento deportivo, una graduación o un bautizo, y no verlo llegar. Esto hace que algunas mamás impidan que el papá vea a los niños después de un tiempo, cansadas de verlos frustrados.

No obstante, para la mente infantil, se genera un sentimiento de culpa, pensando que es él quien hizo algo para que su papá no lo quiera. La inmadurez o irresponsabilidad del adulto pasa a ser carga del pequeño.

Los especialistas señalan que el rol de la madre es determinante en la visión que tengan los hijos de su padre, pero si fomentan la imagen negativa de éste, puede crearse un arma de doble filo, porque los hijos, al crecer, tratarán de verificar si lo que se les dijo de pequeños era verdad. El problema es que si descubren que no era tan así, entonces se abren las heridas y se siente mucha ira contra la mamá. Algunos hasta escogen irse a vivir con el papá.

Una posible explicación

En algunos casos, los padres siguen el mismo modelo que le dieron sus padres. Si ellos tuvieron padres ausentes, por ejemplo, fueron enviados a algún internado o con familiares lejanos, se podría repetir el modelo.

Los especialistas señalan un patrón de aprendizaje recibido que se puede grabar de modo visceral, lo que tendrá como consecuencia el reproducir esos mismos comportamientos con sus propios hijos, aún sin quererlo.

El reencuentro

El momento del encuentro puede revelar detalles antes desconocidos. Por ejemplo, quizás el hijo descubra que comparte muchos rasgos o gestos con su progenitor. Así, quizás se sienta más unido a él.

Junto al descubrimiento, vienen los comportamientos fundados en el trauma de un padre ausente: no poder decirle “papá”, no ser capaz de tomar consciencia y encarar el dolor con el que se ha cargado tanto tiempo, o el padecimiento de estados de angustia, ansiedad o depresión.

La figura paterna puede ser la de un desconocido, por lo que se requiere respuesta a miles de preguntas. Se demandan explicaciones, de manera de entender qué llevó al padre a tomar la decisión de irse, de dejar atrás a sus hijos.

Cuando la respuesta no es la esperada, o al no haber disculpas, quizás los hijos no quieran seguir con la relación. Pero los sentimientos dan pie a un torbellino emocional, que puede ser muy difícil de sobrellevar, en especial si el padre ha envejecido o enfermado y requiere cuidado.

Ante estas consecuencias, una terapia es de gran ayuda para enfrentar tantos cambios, para dejar atrás el enfado, que puede haberse trasladado a otros ámbitos, no sólo familiares, sino en la manera de ver la vida y las relaciones interpersonales.

Sea que se restaure la relación o no, el ver al padre después de tanto tiempo o conocerlo puede ayudar a cerrar un ciclo, a llenar un vacío.

Por otro lado, si el papá ha cambiado de actitud y quiere reconstruir el vínculo, será una oportunidad para reconocerse mutuamente, de algún modo acomodar lo que estaba fuera de lugar en la vida. El perdón es necesario y puede sanar los dolores más profundos.

 


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