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¿Es posible evitar las rabietas? ¿Es posible evitar las rabietas?

Todos los niños son distintos, algunos tienen rabietas con bastante frecuencia, casi a diario en los casos más problemáticos. Para otros niños, en cambio, las rabietas son episodios bastante esporádicos,

Pero ¿es posible evitar las rabietas?, la verdad es que es muy difícil evitar todas las rabietas, pero puedes establecer una cierta organización en la vida de tu niño, de manera que su frustración se mantenga dentro de los márgenes que él puede tolerar la mayor parte del tiempo. Ten presente que las rabietas no aportan nada beneficioso, ni para ti ni para tu pequeño, por lo tanto es preferible que las evites siempre que te sea posible, sin traspasar los límites razonables que has establecido.

Si te es inevitable forzar a tu niño a que haga algo que no le gusta, o no te queda más remedio que prohibirle algo que le haya agradado, procura hacerlo con el mayor tino posible. Casi siempre hay alguna manera de hacer que haga lo que quieras sin obligarlo expresamente ni acorralarlo. Por ejemplo, si van a salir y le has dicho que debe ponerse su abrigo, es probable que todavía no sea necesario que le abroches el cierre del cuello hasta arriba. Las “órdenes” absolutas que no dejan ninguna salida digna para él, casi siempre son el camino directo a la explosión de su rabia.

¿Qué hago si mi hijo tiene una rabieta?

En primer lugar, recuerda siempre que la rabia incontrolable que está sintiendo le causa terror. Asegúrate de que no se golpee ni provoque algún daño a los demás. Si luego de su ataque de furia ve que se ha provocado algún daño, te ha rasguñado, o ha roto cosas de la casa, el darse cuenta de esto puede empeorar la situación ya que no sólo sentirá que no tiene control sobre sí mismo, sino que tú eres incapaz de resguardarlo.

Generalmente, la mejor manera de resguardar su integridad durante la pataleta es que lo sujetes en el suelo con suavidad. Poco a poco se irá tranquilizando y empezará a notar más fuertemente tu presencia y que las cosas no están tan mal a su alrededor. Gradualmente el monstruo iracundo se relajará y los gritos horrorosos van a ir transformándose en llanto. Ha vuelto a ser un bebé y es el momento de consolarlo.

No obstante lo anterior, hay niños que reaccionan muy mal si los tomas en brazos o los sujetas durante una rabieta. En estos casos es mejor no seguir tratando de someterlos físicamente porque la situación puede empeorar. Aleja los objetos que pueda romper y trata de evitar que se haga daño sin retenerlo todo el tiempo.

No discutas ni trates de razonar con tu hijo durante la pataleta.

No le grites. Es probable que sus gritos te enfaden bastante pero debes evitar levantar mucho la voz. No debes tomar parte en la rabieta porque lo más probable es que la avives y prolongues. Muchas veces los pequeños empiezan de nuevo una pataleta al percibir descontrol o enojo en la voz de la madre.

No es conveniente que castigues a tu hijo después de una rabieta ni tampoco que lo recompenses. Él debe percibir que la rabieta no cambia nada, ni a su favor ni en su contra. Si la rabieta empezó porque no lo dejaste salir al patio, tampoco lo dejes salir luego de que se haya tranquilizado. Igualmente, si le habías prometido que iban a ir al parque a jugar antes de que tuviera la pataleta, sigue con lo planeado una vez que se haya calmado.

Un punto particularmente sensible para los padres son las rabietas en público. No permitas que estos episodios hagan que te sientas mal o, al menos, evita que tu niño perciba esa ansiedad. No cambies tu comportamiento habitual. Si evitas ir a comprar con él a la esquina para que no haga un escándalo por obtener golosinas, o si lo tratas de manera exageradamente complaciente cuando tienes invitados en casa, va a terminar dándose cuenta. Recuerda que la rabia de tu pequeño durante una rabieta es incontrolable y no premeditada, pero si empieza a notar que estos enojos hacen que cambies tu comportamiento hacia él, es posible que aprenda a usarlos para su beneficio y sus pataletas se vuelvan semi-intencionales, cosa muy común en niños de cuatro años cuyos padres no supieron manejar sus rabietas de buena manera.

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