La complicidad entre madre e hija

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La relación entre mamá e hija no está libre de dificultades, pero respetando ciertas claves, es posible establecer una relación cómplice que se cimente en la confianza.

 

Diversos factores inciden en esa relación, como el efecto espejo o las transmisiones generacionales femeninas.

A este respecto, el vínculo de la mamá con su propia progenitora influirá decidoramente en la relación con su hija. Mientras que algunas reproducen esta interacción, otras la reparan o reaccionan de algún modo a ella. Así, la complicidad se abrirá paso a través de este componente transgeneracional.

Mi hija: mi espejo

Es muy común que la niña pequeña quiera imitar a su mamá, desde muy temprana edad, jugando a ponerse sus tacones, vestidos o joyas. La complicidad existirá en la medida que la madre ceda un espacio a la feminidad de su hijita.

Este efecto espejo debe verse como algo positivo, sin pensar que de algún modo se les quita su lugar. De lo contrario, estas manifestaciones de feminidad por parte de la pequeña pueden llegar a chocar o molestar.

Los especialistas plantean que la mamá podría sentir algo de celos, evidenciando que se siente amenazada por su hija respecto a su puesto en la familia.

Para preservar la complicidad, es fundamental permitir que la niña exprese esa feminidad, construyendo su identidad. Esto no quiere decir que se vaya al extremo de objetivizar a la niñita (como al inscribirla en un concurso de belleza).

Mi hija: mi rival

A medida que crece, la hija puede desafiar a su madre y a su intención de complicidad.

Existe una etapa en la que las niñas experimentan el llamado complejo de Electra, en el que la hija busca expulsar a su madre para tener el amor del papá para ella sola. Por lo general, esta fase ocurre entre los 3 y los 5 años.

Luego, al aproximarse la adolescencia, puede resurgir esta rivalidad, mostrándose hostil contigo y excesivamente afectuosa con el papá. Quizás te diga que él siempre tiene la razón, que es guapo, en fin, expresiones que de alguna forma compiten contigo poniéndolo en primer lugar, mientras que pretende colocarse en medio de los dos.

Para preservar la complicidad, la mamá debe aceptar que éstas son fases normales en su desarrollo, por lo que no tiene por qué estar celosa. Lo más probable es que pronto se le pase.

Es necesario, eso sí, marcar la distancia necesaria entre cada miembro de la familia para que todos mantengan su lugar. Así le dejarás claro que tú eres la mujer de tu esposa y ella, su hija.

Mi hija: mi otro yo

Muchas mamás ven en su hija una prolongación, buscando proyectarse en ellas. Esto puede ser una trampa, ya que podría interferir con su evolución natural como mujer.

El peligro radica en privarla de la libertad necesaria para construir su propia identidad. Inconscientemente, se trataría de un amor condicionado a que la hija se conforme con el deseo de su progenitora.

Para preservar la complicidad, se debe evitar esta relación narcisista en la que la niña no es capaz de diferenciarse. Para recrear un vínculo más sano, es recomendable hacerla partícipe de sus propias proyecciones y estar atenta a sus necesidades particulares.

Mi hija: mi amiga

Si la madre ha tenido ciertas carencias en su infancia, podría usar la relación mamá/hija para reparar lo que le ha faltado. En este caso, la hija pasaría a ser más una amiga-complice

El problema es que esta relación de compañerismo entre mamá e hija podría conllevar dependencia y confusión.

La madre debe encontrar su lugar apropiado, sin necesidad de saberlo todo sobre su hija ni esperar que ésta le confíe todas las cosas. Después de todo, para eso están las amigas y confidentes, y es importante que cada una tenga las propias.

Para preservar la complicidad, es necesario que la hija construya sus propios códigos de feminidad, teniendo claro que puede oponerse a su mamá en ciertos aspectos. De otra manera, se crearía una complicidad impuesta, que no tiene buenos resultados.

La complicidad no debe existir en respuesta a una carencia, sino que se debe procurar un acercamiento y confianza que surjan naturalmente, de modo que ayude a la jovencita a sostener su propio proceso de crecimiento.

 


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