Inicio > Noticias: Preconcepción > Depresión postnupcial afecta al 30% de los recién casados

Miércoles, 26 de Noviembre de 2008


¿La explicación? El choque entre las expectativas de una relación ideal que deje atrás los problemas del pololeo y la difícil realidad de la convivencia.

Algo andaba mal en Paulina. Con sólo 30 años y recién casada, no entendía por qué sentía angustia si su vida iba "perfectamente". Entonces, buscó la respuesta con un sicólogo. "Todo en mi vida va tan bien... incluso me casé hace poco", le dijo al especialista. Ahí estaba la médula del asunto: a pesar de haber convivido con su pareja durante tres años, después de casarse se sintió demasiado inquieta, al punto de tener síntomas de ansiedad generalizada.

Paulina llegó a una conclusión inesperada: su expectativa frente al matrimonio era dejar atrás las dificultades del pololeo. Pero eso no pasó en la realidad. Y en terapia se dio cuenta de que el matrimonio no solucionaría los conflictos.

La depresión postnupcial es un término que los especialistas acuñan cada vez con mayor frecuencia y algunos se atreven con una cifra: un 30% de los recién casados la presenta. Se trata de parejas que se casan con la ilusión de que todo será ideal y que, cuando se enfrentan a la realidad, presentan síntomas ansiosos o depresivos.

A Juan Yánez, sicólogo de la U. de Chile y especialista en temas de pareja, constantemente le consultan por este tema. Asegura que al menos tres de 10 personas que se casan presentan algún síntoma como irritabilidad, hipervigilancia de los errores propios o ajenos y disforia. Aunque no constituye un cuadro de depresión propiamente tal, Yáñez reconoce que estos pasos pueden conducir a la enfermedad. El sicólogo Domingo Izquierdo agrega que estas personas configuran distimias -depresiones leves-, incluyendo disminución del deseo sexual y alteraciones en el sueño.

POLOLEOS LARGOS
Este malestar síquico, sigue Yánez, suele producirse en matrimonios que vienen de pololeos largos y que demoran mucho en casarse esperando las mejores condiciones. "Una pareja que ha pololeado por años suele armar su cotidianidad en base al arreglo de estar en la casa de uno o del otro. Pero cuando tienen que levantar ellos solos esa cotidianidad, les cuesta mucho los primeros meses", comenta Yánez.

Patricio Venegas, sicólogo especialista en terapias de pareja, conoce el tema desde hace tiempo. Si hace 20 años le consultaba una persona al año por depresión postnupcial, 10 años después el número de pacientes subió a 15. "Ahora, son al menos 30 al año". Las razones no varían con el paso del tiempo.

"Un síntoma es querer que el pololeo sea eterno", explica. "El hombre quiere que la mujer se levante en la mañana y luzca igual que cuando era su polola, y ella se queja porque el pololo que ahora es su marido está dedicado al trabajo y pierde la atención en ella", agrega. El problema se dilata porque en vez de atacarlo, las personas buscan una receta médica para la depresión o ansiedad o, peor que eso, creen que la llegada de hijos puede hacer desaparecer el tema.

CONVIVENCIA
La sicóloga Marta Soto recomienda periodos de convivencia como una de las medidas para evitar desilusiones. También hacer viajes juntos o tener vacaciones para conocer cómo es la cotidianidad con el otro.

De todos modos, la convivencia no evita pasar por un proceso de adaptación. "Hay veces que las parejas que conviven también se casan esperando que el matrimonio mejore la relación", concluye Izquierdo.

MEDIDAS PROTECTORAS
Viajes, vacaciones o periodos de convivencia pueden ser una buena medida para conocer más al otro. "Son factores protectores para suavizar este choque con la realidad", dice la sicóloga de la Uniacc Marta Soto. Otra medida es conversar con matrimonios más viejos y ver cómo hicieron ellos frente a la desilusión, plantea la siquiatra Patricia Fernández, de la Clínica Indisa.

Para Alex Kalawski, en cambio, tener pena es normal. "Todos los procesos de crecimiento implican un duelo. Y en este caso hay que darle lugar a lo que se perdió: la soltería o el noviazgo". No hay que asustarse, dice, sino también saber reírse y tomarlo con la mayor naturalidad posible.
 


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